Invitación

Valparaíso, una ciudad única, es heredera de un pasado glorioso que encontró su prosperidad durante el siglo XIX gracias al impulso renovador que la independencia nacional proporcionó en esferas tan disímiles como el comercio, el debate público y la vida cultural.

Valparaíso
Autor: Rodrigo Gómez,
del libro “Valparaíso Gráfico”.

Hoy los monumentos públicos de su esplendor presentan un permanente contraste: su elegancia es aún latente y admirable a pesar del desgaste propio de dos centurias pasadas. Para el visitante la ciudad ha congelado en el tiempo el momento de vanguardia que viviera hacia fines del siglo XIX y con ello continúa alimentando la nostalgia y el romanticismo con que encanta.

El amor a esta ciudad se alimenta también en la admiración a lo foráneo, pero por sobre todo en la forma tan nacional en que la huella europea ha quedado impresa: en una topografía imposible y dotados sus cerros de un urbanismo espontáneo y libre, aunque también, armónico y racional. Este urbanismo porteño solo se entiende en la forma tan particular en que ocuparon el territorio, habitantes tan disímiles: descendientes de changos y mestizos a los cerros, foráneos europeos frente al puerto y en las cimas más bajas.

Encaramados unos sobre otros, en un inmenso anfiteatro que encara la expuesta costa pacifica, se establecieron formas de habitar muy dispares entre la masa popular y marginada y la elite comercial inmigrante. Crearon una convivencia de arquitecturas y emplazamientos provocadores y que hasta hoy dominan las laderas, cumbres y quebradas de los cerros porteños.

Aluviones, lodazales, terremotos e incendios asolaron esta costa hasta ya entrada la primera mitad del siglo XX. El genio del porteño respondió siempre de manera insólita y extravagante para cualquier criterio cívico maduro: la tozudez llevó al poblador de la quebrada a construir una y otra vez con los materiales de sus propios desechos. Edwards Bello nos confiesa de cómo los incendios en el siglo pasado llegaron a convertirse en eufórico evento popular. Nadie amó más las compañías de bomberos que los ilustres habitantes de la elite británica, que ansiosos esperaron la ocasión de lucirse en el despliegue. Valparaíso transformó de esta forma su destino de catástrofe, en un patrimonio de fortalezas que reconocemos hasta hoy en la cálida sencillez de sus habitantes.




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